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NEPAL: En busca del desarrollo
Hace unos días volvía de Nepal, estando el país a punto de cambiar de gobierno y de régimen político, consecuencia de las revueltas de 2006. En estos dos años se ha cambiado la constitución, se ha abolido la monarquía y se han celebrado elecciones generales que, contra todo pronóstico, han ganado los maoístas, grupo terrorista que venía operando en el país desde hacía más de una década. Su jefe guerrillero, Prachanda, será el nuevo presidente del país.
Confío y deseo que los nepaleses hayan tomado la decisión acertada, consiguiendo que triunfe su inteligencia colectiva, que como relata José A. Marina, un autor muy querido, en su libro “Inteligencia fracasada”, la inteligencia colectiva de un pueblo es la suma de las inteligencias individuales de cada ciudadano, más los sistemas de interacción pública y de organización del poder; siendo así que la inteligencia social triunfante es la que inventa con sabiduría lo valioso y justo en nuestra vida privada y pública.. Se verá pronto.
Los nepaleses, con su carácter abierto, acogedor y emprendedor, se merecen avanzar por la senda del desarrollo. Hoy el chabolismo impera por todo el país, el suministro de luz y agua se interrumpe durante varias horas al día, la gasolina está sometida a racionamiento, la basura está esparcida por doquier, las carreteras parecen un queso gruyere de tantos agujeros, la raquítica asistencia sanitaria no cubre los costes de los medicamentos, las bajas pensiones de jubilación sólo las cobran los funcionarios públicos y los impuestos los pagan los que tienen una renta superior a los cuatrocientos euros mensuales (es decir, los pagan más bien pocos, pues el salario medio de un trabajador de las escasas industrias que existen en el país no llega a los 150 euros mensuales y los agricultores subsisten con una renta inferior).
Los nepaleses han puesto muchas de sus expectativas en el cambio de régimen político.
Pese a esa absoluta pobreza los nepaleses son gente alegre, lo que parece imposible cuando diariamente se enfrentan a tantas dificultades. Viéndoles uno relativiza mucho las cosas y piensa que cuando, por ejemplo, tiene algún problema en la empresa no puede estar depre y quejicoso, mejor es aplicarse y resolverlo.
Nuestro viaje estuvo marcado por dos etapas bien distintas: una urbana y otra rural por las montañas.
La primera visitando Kathmandú, Pokhara y Bhaktapur. A los ojos de un occidental, Kathmandú parece una ciudad caótica, con un tráfico endiablado y ensordecedor, donde se mezclan miles de coches y autobuses tipo tartanas, con los famosos tampoos (tuk tuk o furgoneta destartalada de unas nueve plazas, pero que puede llegar a transportar cerca de treinta personas, contando las que van colgadas fuera), con los rikshas (carritos tirados por bicicletas), con muchos animales sueltos (las vacas sagradas, los búfalos, las cabras, los perros y los monos) y con la multitud de peatones que cruzan la calle por cualquier sitio. Da la sensación que en Kathmandú la mitad de su población vive de vender cosas de dudosa utilidad a la otra mitad, que tiene muy pocos recursos para comprar. Pokhara es una ciudad más tranquila; allí asistimos a una ceremonia de monjes tibetanos, en el monasterio de Hemja, que me recordaba el fin de semana que pasamos hace dos años oyendo cantos gregorianos con los mojes del monasterio de Silos, en Burgos (sólo admiten hombres). Y Bhaktapur, la anterior capital de uno de los reinos de Nepal, es una ciudad medieval, patrimonio de la humanidad, que no se puede dejar de visitar, por su monumentalidad y su belleza, como lo prueban por ejemplo las esculturas de Bhairab, labradas en piedra, con tal precisión que el rey de la época mandó cortar las manos a su artista para que no pudiera repetir tamaña obra.
La etapa montañosa, haciendo trekking, es mucho más tranquila, aunque supone un cierto esfuerzo físico, subiendo y bajando los miles de peldaños de piedra con que están hechos todos los caminos que recorren la cordillera del Himalaya (recuerdan a las antiguas calzadas romanas y asombra la perfección de su construcción, tal como está el resto del país). Dado que el turismo de montaña es una de sus principales fuentes de riqueza, eso explica el mimo con el que cuidan los caminos de los senderistas. Estuvimos en una zona próxima al Annapurna Sur y la visión de las montañas, con sus ocho miles, es de una belleza cegadora.
Con Kumar, el sherpa, Sujan, el guía, Anup, su ayudante y Bishnu, Ramu, Lakpa y Bapre, los porteadores, tuvimos ocasión de vivir la plenitud de esas montañas y de convivir con sus hospitalarias gentes, hospedándonos en las aldeas por las que fuimos pasando.
Los porteadores, por menos de diez euros al día, son capaces de cargar a sus espaldas hasta cuarenta kilos de peso, en unos cestos sujetos con una cuerda a la cabeza, durante seis u ocho horas, andando en chanclas por los empinados caminos. Nos cruzamos con algunos que transportaban inmensos tablones de madera, jaulas con un montón de gallinas, mercancías varias e incluso a una anciana también metida dentro del cesto a las espaldas.
La emoción más intensa la experimentamos colgados una media hora en la cabina de un funicular, que cubre unos mil metros de altitud, soportando una intensísima tormenta, que nos pareció similar a las lluvias de un monzón. Uno de los amigos que venía en la expedición, ingeniero de camiones, para quitar dramatismo, en los primeros minutos se puso muy técnico explicando la resistencia de los materiales y lo seguro del cable que sujetaba la cabina, pero a los quince minutos estaba más pálido que un muerto.
Y lo más curioso, asistir a una boda típica con banda de música y cortejo incluido. Estas ceremonias son diferentes según las castas, que aunque con menos fuerza que en la India aún subsisten; por ejemplo los comerciantes, la casta chhetri, llegan a invitar a más de mil personas y durante una semana hacen varias fiestas en casa del novio, para continuar otra semana más en casa de la novia; pueden llegar a gastar un millón de rupias, unos 10.000 euros, los ahorros de muchos años. Ah!, se me olvidaba, también asistimos a varias cremaciones junto al río sagrado, donde tiran las cenizas de los muertos y además se bañan para purificarse, en unas aguas que nosotros consideraríamos altamente contaminadas. Curioso también fue ver cortar el pelo en las cunetas de las carreteras.
Un saludo, “Namaste”
José Boada, Presidente de Pelayo.
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