Normas “PACO
MURO” de GOLF para disfrutar de un magnífico
día golfístico.
Especiales para Handicaps mayores de 27
¿Cuál
es su objetivo en el golf, ganar el US Open o disfrutar
y hacer disfrutar a los que van con usted? Si su respuesta
es la última opción, aquí van 7 normas
que le harán jugar manteniendo el espíritu
competitivo, con tensión, y divirtiéndose
a tope sin dejar que nada malogre su día de golf.
El golf sin reglas pierde su esencia, pero muchas están
pensadas para buenos jugadores y la mayoría no alcanzamos
esos niveles.
Por tanto, las normas diseñadas para profesionales
y handicaps bajos, que tienen un margen de error en sus
golpes muy pequeño, se convierten en un enemigo del
disfrute y la diversión para la mayoría de
los golfistas aficionados, especialmente los que tenemos
handicaps por encima de 27. Así que pongo en común
las normas que he ido acumulando para hacer más asequible
este deporte apasionante a los más humildes.
Recuerda que a los profesionales SE LES PAGA por jugar
al golf, así que es justo que se les exija todo.
Pero nosotros PAGAMOS PARA JUGAR así que, digo yo,
que tendremos derecho a darnos unos márgenes para
disfrutar y amortizar lo pagado. El único punto importante
para aplicar estas reglas es que deben quedar claras antes
de empezar, y aplicarse para todos los jugadores por igual.
Así nadie queda beneficiado ya que todos disfrutan
de las mismas reglas.
Si se topa uno con el “tiquismiquis” de turno,
que sólo admite aplicar las reglas de St. Andrews
como si estuviera jugándose la Rider, se aconseja
darle esquinazo y que se amargue él solo el día,
que nosotros venimos a pasarlo bien. Además estas
normas consiguen aligerar mucho el juego, ya que facilita
su desarrollo y no se pierde tanto tiempo buscando bola
o dando numerosos golpes imposibles en la maleza.
La idea es aplicar todas o alguna de estas normas, elija
a su gusto las que más crea que pueden mejorar su
disfrute del juego y guardar la exigencia de toda competición.
NORMAS PACO MURO de golf
- Se aplica el Mulligan “arrastrado”.
Esto es, se permite una segunda salida en uno de los hoyos
del recorrido, cualquiera que sea. Si en el hoyo uno
la primera salida es buena (por tanto no “gastas”
el Mulligan) puedes guardarlo para otro hoyo posterior,
eso sí, sólo en un hoyo. Esta norma es una
gozada y evita enfados con uno mismo.
- Toda bola se puede dropar sin penalidad en un radio
máximo equivalente al largo de 2 palos (unos 2
metros). Esto incluye las bolas que hayan quedado
fuera de calle. De esta forma se puede salvar de forma
razonable el arbolito de turno que siempre queda molestando,
sacar la bola de dentro de un arbusto, de una zona de
matojos, etc. Si la bola queda fuera de calle a menos
de 2 metros, se mete dentro de la calle para tirar sin
problemas. Esto compensa el factor mala suerte, ya que
muchos tiros quedan excesivamente penalizados por caer
apenas dos pasitos a derecha o izquierda. Por supuesto
no es aplicable ni en el green, ni en los bunkers.
- Si la bola cae en bunker, sólo cuenta el tiro
que la saca. Es decir, si se saca la bola de un bunker
al cuarto intento, contará sólo como 1 golpe.
De esta forma se elimina el estrés y la injusticia
del maldito bunker. El origen de los bunkers fue que los
pastores ingleses usaban unos huecos de arena como refugio
para sus rebaños en días de viento. ¿Tenemos
rebaños los golfistas? ¿Vamos a dejar que
nos amargue el día un inglés, que no se
le ocurrió tapar el hueco que usaban las ovejas?
- En caso de bola perdida, se coloca otra más
o menos por donde debía estar la que no le da la
gana de dejarse ver, y se sigue tal cual, sin golpe de
penalidad. ¡Ya es suficiente penalidad haber
perdido la bola, leñe!
(Esta norma se aplica sólo dentro del campo y no
en caso de caer en barrancos, fueras de límite
o agua. Estos últimos se juegan con las normas
de siempre. Tiene la ventaja de que no se pierde mucho
tiempo buscando bola. Eso sí, conviene ir con bolas
suficientes y comprar bolas a los jardineros, que son
mucho más baratas).
- Las “pifias absolutas” no cuentan y se
repiten. Se considera como tal todo golpe largo en
el que no se da a la bola, o se golpea tan mal (por arriba,
etc...) que ésta avanza menos de unos 15-20 metros.
Vamos, un churro. En este caso se coloca otra bola y se
repite el golpe desde donde se pifió, sin beneficiarse
de los 20 metrillos. Es importante usar esta norma con
rigor: se trata de eliminar los fallos anormales, no vale
para tiros malos normales que salen rodados y en los que
apenas se avanza 60 u 80 metros, sino para pifias totales.
Los principiantes, que sí suelen hacer varias de
éstas en un recorrido, pueden aplicar una variante
de esta norma, que es que los jugadores acuerden un número
de pifias concreto que pueden repetir (por ejemplo un
máximo de 3 cada uno) y si alguno las consume,
las siguientes ya sí se contarán como golpe,
para obligar a mejorar.
NORMA EXTRA:
El “Murigan”
(en honor a mi padre, Miguel Muro, que es el que me la enseñó).
En el último hoyo, para irse siempre con buen
sabor de boca, se hacen 2 salidas, y se elige entre ambas
con qué bola seguir jugando. Esto permite
darse un homenaje final y arriesgar en la última
salida, así se va uno a casa tan contento y se evita
acabar el día con una mala salida.
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¿Porqué
juegan al golf los directivos?
¿Se
han parado a pensar porqué hay tantos directivos
que juegan al golf? ¿Qué tiene este hobby
para acaparar tanta atención? ¿Acaso su práctica
tiene similitudes con el día a día del ejecutivo?
Pues sí, y más de las que cabría pensar.
Empecemos por las bases: un buen golfista, para ejecutar
un golpe, comienza por pararse a pensar.
Lo primero es tener claro el objetivo, dónde quiere
mandar la bola, igual que un directivo lo primero que debe
tener claro antes de emprender algo es cuál es su
objetivo, qué pretende con esa acción.
Una vez decidido el objetivo, tendremos que valorar los
peligros y riesgos del tiro para estudiar la trayectoria
y después elegir el palo adecuado. De los 14 palos
que contiene una bolsa de golf, tendremos que tomar uno
de ellos, ese que nos ayudará a obtener el mejor
resultado según las circunstancias. Igualmente todo
directivo debe elegir de entre sus recursos disponibles
(humanos y materiales), aquellos que le ayudarán
a llegar al objetivo.
Una vez decidido esto hay que colocarse adecuadamente (stance)
y coger el palo como mandan los cánones (grip), esto
es esencial para poder apuntar y dar el golpe con unas mínimas
garantías de éxito. Es decir, que hay que
prepararse antes de golpear, igual que un buen directivo
siempre debe prepararse bien antes de actuar si quiere tener
oportunidad de éxito. ¿Cuántas veces
se falla un golpe por no haber apuntado bien, por precipitarse
en la colocación o descuidar el grip? Y ¿cuántas
veces hemos “fallado” en una reunión,
en una decisión, en una negociación, etc,
por precipitarnos o por no haber preparado bien lo básico?.
Sigamos, una vez decidido el objetivo, los medios y haber
realizado la preparación básica previa, tenemos
que pasar a la acción, realizar el swing, y éste
empieza con la elevación del palo (backswing). A
pesar de que nuestra mente ha dado instrucciones precisas
a todos los elementos que intervendrán en la ejecución
de la decisión, o sea, del golpe, las probabilidades
de que la cadera, el pié derecho, las muñecas,
las manos, los hombros y la cabeza hagan con total corrección
su papel y en su momento son mínimas. Igual ocurre
en todos los elementos que participarán en la realización
del proyecto decidido, alguno es muy probable que se descoordine,
y eche al traste el resultado de todo el conjunto.
Lo triste es que la mayoría de las veces lo que
provoca el desacierto es el ansia por ver el resultado.
El fallo más común entre golfistas es levantar
la cabeza antes de tiempo, para observar raudos cuál
ha sido el resultado. Esta precipitación conlleva
una reacción en cadena, la cabeza se alza ligeramente
unas décimas de segundo antes de lo debido, y con
ella los hombros, esto hace que el golpeo a la bola difícilmente
sea con el centro de la cara del palo, y el desastre está
servido. Los directivos también nos precipitamos
a menudo por nuestra ansia y presión por los resultados,
y estropeamos el trabajo de muchos, en vez de saber esperar
que las cosas se ejecuten como se debe y recoger después
los frutos.
Con esto llegamos a la importancia que el cambio de comportamientos
tiene en común en ambas disciplinas. Por muchos conocimientos
que uno acumule, ya sea en libros o en cursos, no se logrará
avance alguno si a la hora de ponerse a la bola se sigue
haciendo lo de siempre. Se trata de cambiar la forma de
hacerlo, incluso más difícil, se trata de
corregir hábitos y vicios adquiridos, y eso sólo
se puede hacer con la experiencia práctica consciente,
base fundamental de las metodologías de desarrollo
de comportamientos. Si no cambiamos, si no mejoramos la
forma de conjugar todos los elementos del swing y el juego,
es mucho más difícil hacerlo correctamente.
Así en el campo de prácticas, y si es preciso
con ayuda externa, se engranan los diversos elementos del
golf para que luego, en el momento clave, se conjunten mágicamente.
Por eso los ejecutivos y mandos también precisan
del desarrollo del comportamiento directivo, pues si dirigen
simplemente con su “swing personal”, sin desarrollarlo,
seguro que aún logrando buenos resultados, derrocharán
esfuerzos, no obtendrá el verdadero potencial de
su equipo, perderá mucho talento y tendrá
muchas dificultades para mejorar su handicap, o lo que es
lo mismo, llegar a un alto nivel. Eso sí, en el golf
si uno lo desea puede ser “malo” de por vida
y no pasa nada, pero en la dirección no se admite
a los mediocres. O llegas a ser suficientemente bueno, o
te quedas fuera.
Una vez superada esta fase de formación y reeducación,
que para los buenos no acaba nunca (¿imaginan que
Sergio García dijera: “como ya he ganado varios
campeonatos ya no me hace falta entrenar más, ni
corregir nada de mi forma de jugar?) nos encontramos con
un alto potencial para dar correctamente a la bola. ¿Ya
está todo? ¡Que va! esto no ha hecho más
que empezar. Pronto comprobaremos que muchas veces, a pesar
de realizar un golpe soberbio, la situación final
de la bola es justo la más..., como diría
yo..., ¿la más inconveniente?, o mejor dicho
¡la más puñetera! pues justo el último
bote la hizo rodar de forma que la ramita de turno hace
imposible el tiro a green. Pero no hay que desesperarse,
por la misma regla del destino, muchas veces golpes más
que regulares acaban con resultados sorprendentemente buenos.
Ahora, conviene no engañarse, al final si juegas
bien, si realizas correctamente todos los pasos, acabas
obteniendo gratificantes resultados, es decir, 4 ó
5 hoyos para disfrutar de verdad, otra media docena de golpes
que te embargan de emoción, y todo el resto del campo
para enfadarte contigo mismo, con tus palos, con la pelota
(¿qué culpa tendrá?), con la ramita,
y con el señor que inventó los bunkers, al
que por cierto acabaron mandando a galeras (no es cierto,
pero a menudo me reconforta imaginar que así fue).

La vida del directivo se asemeja más de lo que podría
parecer a simple vista con el maldito juego del golf, pues
también aquí, cuando haces bien las cosas
es más probable que al final acabes con buenos resultados,
pero seguro que en el camino encontraremos mil variantes
que minarán nuestra moral, que generarán frustración,
vamos, que nos hacen disfrutar de verdad y saber apreciar
en todo su valor cuando por fin logramos rebajar en un solo
golpe la tarjeta, o realizar ese birdie, o ese par en el
hoyo imposible, que hasta ahora siempre se nos había
resistido. Como lograr por fin que salga adelante esa línea
de negocio que tanto trabajo costó.
Vemos entonces una coincidencia más entre la dirección
y el golf, está claro que ambas actividades son para
masoquistas espirituales insaciables.
Conducirse por el centro de la calle, y evitar la hierba
alta de los laterales (rough) siempre es una garantía
de éxito, tratar de solucionar un error con un arriesgado
golpe imposible, las más de las veces, logra un efecto
aún peor. Saber dar a tiempo un golpe de recuperación
a calle es una virtud que pocos logran tener.
Eso nos lleva a otra similitud entre golf y dirección,
las dos pueden aplicarse como lema el dicho de: “falla
por malo, pero no por burro”. ¿Cuántas
veces en el campo hacemos un tiro tratando de pasar entre
4 árboles, soñando con atravesar una gigantesca
encina y además sabiendo que aún así
lo más que podríamos obtener es tragarnos
el descomunal bunker de la entrada a green? Y lo curioso
es que cuando la bola da en el árbol (porque da,
como es lógico) exclamamos al cielo gritando ¡que
mala suerte, casi pasa!. A esto es lo que llamo fallar por
burro, que si bien en el golf no es grave, pues no deja
de ser un juego, en dirección es absolutamente imperdonable.
A pesar de colocarnos bien, elegir bien el palo, hacer el
swing, etc, muchas veces fallaremos el golpe, pues conviene
recordar que no es tan fácil, pero son fallos que
entran dentro de lo natural. Jugando así, con armonía
y concentración, a la larga haremos más aciertos,
pero fallar por no haber hecho bien lo básico, fallar
por burro, eso es un error personal e intransferible.
El golf está lleno de varios pasos muy simples:
sujetar un palo, girar la cadera, mantener estirado un brazo,
dejar la cabeza quieta, dejar un pié quieto, desgirar
el cuerpo con suavidad, vamos, que cada cosa está
al alcance de cualquiera, sin embargo, la sutil y precisa
coordinación de todos estos elementos es terriblemente
compleja. También en la dirección hablar a
los demás, concretar, supervisar, felicitar, amonestar,
reunirse, acordar, imaginar, etc, puedan parecer una serie
de elementos que aisladamente no ofrezcan dificultad, pero
en el día a día debemos combinar y ejecutar
todos estos pasos con la misma compleja coordinación,
sutileza y precisión.
¿Comprenden ahora porqué tantos directivos
hemos caído bajo el influjo de la pelotita? Si no
lo han probado aún, anímense, disfrutarán
sufriendo una barbaridad, y si ya lo conocen, seguro que
comprenderán perfectamente de qué estoy hablando.
Paco Muro,
extraído de su libro El pez que no quiso evolucionar.
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